La mujer del dolmen: cómo una leyenda medieval explica un pozo de 19 metros de profundidad

En el tercio posterior de la cámara sepulcral del dolmen de Menga se abre el suelo. Un orificio circular de 1,50 metros de diámetro desciende 19,50 metros en vertical hasta el nivel freático de la Vega de Antequera. El pozo se alinea con los tres pilares centrales que sostienen los enormes ortostatos de cubierta. Su profundidad coincide casi exactamente con la longitud del dolmen, una relación geométrica que difícilmente puede ser casualidad. Y sin embargo, quienes conocían este pozo desde el siglo XVI ignoraban por completo su significado original. Solo conocían la leyenda: la de Menga, la mujer leprosa que, según se cuenta, vivió aquí.
La «Cueva de Menga» —la cueva de Menga— se menciona por escrito por primera vez en un documento episcopal de 1530. Ya en el siglo XIX, el cronista de Antequera Trinidad de Rojas elaboró un relato completo a partir de la tradición oral: Margarita, llamada más tarde Menga, una viuda de familia noble aquejada de lepra, se habría retirado a la cueva tras la muerte de su marido. Allí buscó la curación en el agua que emanaba del profundo pozo.
Qué cuenta la leyenda, de dónde viene el nombre de Menga, qué hay entre la leyenda medieval y la realidad arqueológica: una aproximación a uno de los lugares más enigmáticos del sitio Patrimonio Mundial.
El relato: Menga, la leprosa
Cómo es la leyenda medieval de la mujer del dolmen
La versión más popular de la leyenda, recogida por escrito en 1874 en el periódico antequerano Genil, cuenta lo siguiente: en el siglo XVI llega a la ciudad una mujer de familia noble. Se llama Margarita —algunas versiones la llaman también Dominga—. Es viuda; su marido, un noble, ha muerto. Pero peor que la viudez es la enfermedad que la aqueja: la lepra, uno de los males más temidos de toda la Edad Media. Los leprosos eran expulsados de las comunidades y obligados a vivir en lugares aislados.

Margarita encuentra un lugar así en las afueras de Antequera: una construcción megalítica enigmática y medio derruida, la futura «Cueva de Menga». Se instala en su interior. Lo que encuentra allí es más que un escondite: en la parte trasera de la cámara descubre un pozo profundo. Su agua, según cuenta la leyenda, tiene poderes curativos. La leprosa la toma, baña sus heridas, bebe de ella. Con los años, su enfermedad se vuelve más llevadera —algunas versiones afirman que llegó a curarse por completo—. Solo tras su muerte se encuentra su cuerpo en la cueva. A partir de entonces se la llama «Cueva de Menga», en la forma popular abreviada de Dominga a Menga.
Circulan otras versiones del relato en paralelo. En una de ellas, Menga no es leprosa, sino una hechicera que construyó el enorme dolmen con poderes sobrenaturales, rivalizando con una tal Mari Macho, cuyo rastro se encuentra en el cercano Cerro de Marimacho. Sin embargo, el vínculo central permanece: un ser femenino que habita de manera enigmática en el enorme monumento de piedra y que da nombre a la construcción.
Etimología y creencia popular: cómo Dominga se convirtió en mito
Lo que la lingüística sabe sobre el nombre
La lingüística se ha ocupado intensamente de este nombre. El resultado: Menga no es una denominación prehistórica, sino que surgió después de la conquista cristiana de Antequera en 1410. Es la forma popular abreviada del nombre femenino Dominga, muy extendido en la Edad Media, derivado a su vez de Domingo («día del Señor»). En abreviaturas similares aparecen Menga, Minga y Mingo como apodos en textos castellanos entre los siglos XIII y XVI.
| Primera mención | 1530 – documento episcopal de Málaga: «antrum de Menga vulgariter nuncupatum» |
|---|---|
| Raíz lingüística | Dominga / Domingo (domingo, «día del Señor») |
| Abreviatura popular | Dominga → Do-Minga → Menga |
| Difusión | Apodo femenino frecuente entre los siglos XIII y XVI |
| Primera versión literaria de la leyenda | Trinidad de Rojas, «Genil», 14 de febrero de 1874 |
| Rival en la leyenda | Mari Macho (Cerro de Marimacho) |
Lo que revela esta denominación es más que una curiosidad lingüística. Muestra cómo los colonos de habla castellana, tras 1410, percibían una construcción cuyo origen no podían explicar. Ante ellos se alzaba un túnel de 27 metros de longitud hecho de bloques de piedra de hasta 180 toneladas, algo que debía desbordar su idea de lo que el ser humano era capaz de construir. La respuesta fue típica del pensamiento medieval: una obra de tal magnitud debía tener un origen sobrenatural. Una mujer mítica, una hechicera, una habitante misteriosa: el esquema narrativo con el que la Edad Media explicaba lo incomprensiblemente grande.
La rival Mari Macho, situada en la colina cercana del mismo nombre, completa el cuadro. También el Cerro de Marimacho —donde hoy se han documentado restos arqueológicos de la población neolítica de Antequera— debe su nombre a la etimología popular: Mari es forma abreviada de María. Dos seres femeninos, uno en la «Cueva de Menga», otro en el «Cerro de Marimacho», rivales y misteriosos: esa fue la explicación que el Antequera bajomedieval dio a los enigmáticos vestigios de la prehistoria.
El pozo real: lo que hoy sabe la arqueología sobre este pozo
De santuario prehistórico del agua a secreto sepultado
Tras la leyenda medieval se esconde una realidad mucho más antigua. El pozo del dolmen de Menga no es la morada de una viuda leprosa: es un elemento arquitectónico del conjunto megalítico, creado por sus constructores con fines rituales. Su profundidad de 19,5 metros alcanza exactamente el nivel freático de la Vega. Su posición —centrada en la mitad trasera de la cámara, alineada con los tres grandes pilares— no tiene una explicación funcional, sino simbólica.
| Profundidad | 19,5 metros, hasta el nivel freático actual |
|---|---|
| Diámetro | aprox. 1,5 metros, excavado en arenisca |
| Posición | tercio posterior de la cámara, centrado |
| Alineación | exacta con el eje de los tres pilares portantes |
| Geometría simbólica | la profundidad equivale aprox. a la longitud del dolmen |
| Redescubrimiento | Rafael Mitjana, década de 1840; continuado en el siglo XXI |
| Cegamiento | probablemente en el siglo XVIII (reacción eclesiástica) |
| Hallazgos en el material de relleno | cerámica de los siglos XVIII/XIX, huesos, restos de mazos de piedra |
La investigación arqueológica coincide hoy en gran medida: el pozo era un objeto de culto que conectaba el mundo subterráneo —agua, tierra, muerte— con el mundo de la superficie. El eje vertical del pozo y el eje horizontal del dolmen forman una estructura en cruz que en el Neolítico debió de entenderse como un modelo cosmológico. El agua procedente de las profundidades se consideraba sagrada en muchas religiones tempranas, como medio de purificación, renacimiento y, a veces, curación. Que la leyenda medieval sobre el poder curativo del agua recoja esta idea ancestral no es casualidad.
En el siglo XVIII el pozo fue cegado. Las estimaciones hablan de unas 50 toneladas de tierra y piedras que se vertieron en el pozo y que después bloquearon la entrada del dolmen. La acción se relaciona con una reacción eclesiástica ante la creencia popular en torno a la «curación de Menga»: la Iglesia católica no aceptaba promesas de salvación rivales fuera de sus propios sacramentos. El pozo permaneció olvidado durante más de un siglo, hasta que Rafael Mitjana lo redescubrió en la década de 1840.
El agua del pozo de Menga
El pozo sigue teniendo agua incluso hoy en día. Quien visita el dolmen puede ver el pozo a través de una reja; el acceso no está permitido por motivos de conservación. Los análisis del agua han demostrado que se trata de agua freática de la Vega de Antequera, rica en minerales pero sin propiedades medicinales demostrables.
Lo que la leyenda medieval describía como poder curativo no puede reproducirse hoy: probablemente se trataba del efecto psicológico del propio lugar y del agua pura y mineralizada, que en una época con un abastecimiento de agua potable deficiente pudo tener ventajas reales frente al agua de la ciudad.

Conclusión: una leyenda como eco de una religión olvidada
La leyenda de la mujer del dolmen es un ejemplo de cómo la creencia popular conserva, a lo largo de milenios, el recuerdo de lugares cuyo significado original se ha perdido hace mucho tiempo. Los colonos medievales de Antequera no sabían que, en el pozo de su leprosa Margarita, estaban viendo la religión del agua de una cultura 5000 años más antigua. Reinterpretaron lo que no entendían, dando así a la construcción una segunda capa de significado. Una última recomendación: quien visite el dolmen de Menga debería tener presente la leyenda. Mirar hacia el pozo —a través de la estrecha reja en la parte trasera de la cámara— se convierte así en un encuentro con una historia que se sigue contando desde hace cinco siglos.
Más sobre la región: El propio dolmen y su importancia para la UNESCO: Dolmen de Menga. La montaña hacia la que está orientado el dolmen: Peña de los Enamorados. Otra leyenda de la región: Leyenda de los enamorados de la Peña. La ciudad de Antequera como emplazamiento: Antequera España.
Preguntas frecuentes sobre la leyenda de Menga
¿Quién fue Menga, una persona real o un mito?
¿Cuándo se mencionó la leyenda por primera vez?
¿Tiene el pozo del dolmen agua realmente curativa?
¿Se puede entrar hoy en el pozo?
¿Qué otras versiones de la leyenda existen?
Este artículo se basa en el conocimiento sobre el terreno del equipo editorial de Gequo, editor de varias guías de senderismo Reisezeit y responsable de Sunhikes.com. Actualizado: mayo de 2026


